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Fundamentación CFPD +UCN

El Centro para la Formación Pedagógica del Docente (CFPD +UCN) se define como estrategia innovadora aportante a la cultura de capacitación y habilidades en docencia virtual, con apego al enfoque pedagogía para la comprensión (PPC), de la comunidad docente de la Fundación Universitaria Católica del Norte, que en todo caso contribuye a la calidad y excelencia académica institucional.

Este Centro de Estudios recibe aprobación por parte del Consejo Directivo en marzo de 2023, con base en la fundamentación articulada con la Ruta Norte 2030 y con el encargo de ser una estrategia aportante a la calidad y excelencia académica desde el desarrollo docente.

Se focaliza en procesos sistemáticos de desarrollo docente categorizados en estos tres (4) ejes categóricos que le dan línea estructural al Centro:

  1. Eje categórico Docencia en Educación Virtual.
  2. Eje categórico Alfabetización Académica / habilidades comunicativas para la docencia virtual.
  3. Eje categórico Cultura Digital.
  4. Eje categórico o flexible.

OBJETIVO GENERAL

Contribuir a la mejora de la cultura en capacitación y habilidades en docencia virtual, con apego al PPC, de la comunidad docente de la Fundación Universitaria Católica del Norte, para el aporte a la calidad y excelencia académica institucional.

OBJETIVOS ESPECÍFICOS

  • Aportar a la cultura de capacitación en habilidades docente en AVA, mediante la creación y funcionamiento del CFPD +UCN.
  • Basar los procesos formativos, capacitación o actualización de docentes en el enfoque PPC y el Plan de Desarrollo Ruta 2030.
  • Desarrollar propuestas de investigación desde el funcionamiento del CFPD +UCN, para generación de conocimiento en materia de desarrollo docente en y para la virtualidad.

Videos de Espiritualidad


«La religión aporta al hombre una fuerza interior. La luz espiritual y la paz inefable»
Alexis Carrel.


Acompañamiento Espiritual

¿Qué es? Un apoyo a partir de los recursos de la fe reconociendo el paradigma Cristiano Católico que posee la institución desde su identidad. En esta asesoría se brinda un acompañamiento centrado en la trascendencia, conforme a las creencias del solicitante.

P. Diego - Rector UCN
P. Eduin - Vicerector UCN
P. Germán - Rector Cibercolegio
P. Julio - Director Académico UCN
P. Luis - Coordinador Pastoral y Binestar
P. Jaime - Coordinador Académico Cibercolegio
 

En la solicitud relaciona el nombre del capellán con el que deseas recibir el acompañamiento espiritual.

Santo Rosario

«El Rosario es la cadena de amor que une a los fieles con María y con su Hijo Jesús» Santo Tomás de Aquino

Entre los nombres que le damos a nuestra Madre del Cielo se encuentra el de ser “Reina de la paz”. Esta es la última invocación que traen para ella la oración tradicional de las letanías, como si al nombrarla “Reina de la paz”, encerráramos todas las demás. El Papa nos ha hecho una llamada: “Serviros con frecuencia de este potente instrumento que es la oración del Santo Rosario, para que lleve la paz en el corazón, en la familia, en la Iglesia y en el mundo”. Caminemos, junto con la Red Mundial de Oración del Papa, el rezo del Santo Rosario, diciendo con María “He aquí la sierva del Señor”. Pidamos a quien supo “guardar en su corazón” las cosas de Dios, que nos acompañe a contemplar en el silencio interior, los misterios de la vida de su Hijo. Rezar por la paz en el mundo, con el Rosario de la Virgen María, cultiva la paz del corazón y transforma nuestros ambientes en verdaderos “talleres de paz”.

¡Nos disponemos a contemplar cómo Dios vino y vivió como uno de nosotros en el interior de la familia de Nazareth. Así también podemos nosotros meditar el modo en que vivimos en nuestras familias y cómo Dios viene cada día a nuestra vida cotidiana y se hace presente haciendo camino con nosotros.

  1. La encarnación del Hijo de Dios.

    «Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; el nombre de la virgen era María» (Lc 1,26-27).

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

  2. La visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel.

    «En aquellos días María se puso en camino y fue aprisa a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

    Y sucedió que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando a voz en grito, dijo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno”» (Lc 1, 39-42)

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

  3. El nacimiento del Hijo de Dios.

    «Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo Cirino gobernador de Siria. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad.

    Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento» (Lc 2,1-7).

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

  4. La Presentación de Jesús en el templo.

    «Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, como lo había llamado el ángel antes de ser concebido en el seno. Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor» (Lc 2, 21-24).

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

  5. El Niño Jesús perdido y hallado en el templo.

    «Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres…

    Y sucedió que al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas» (Lc 2, 41-47)

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

Oración final: Señor… Mirando tu Encarnación y tu vida sencilla, deseo aprender a vivir como Tú viviste. La vida de tu Madre, Madre Nuestra, por tu regalo, es consuelo para los momentos difíciles en los que me veo tentado a perder la paz y a dejarnos ganar por las dificultades. No permitas que yo no sea constructor de paz, no dejes que mi vida cotidiana se transforme en rutina irritante y en camino de desesperanza. Ayúdame a ser puente entre los desavenidos y causa de paz entre los hermanos. Amén.

Nos disponemos a contemplar el Amor de Dios que nos amó hasta donde no se puede amar más, hasta dar la vida voluntariamente por los que ama. El Señor va a la entrega de su Vida por Amor por ti.

  1. Primer Misterio Doloroso: La oración en el Huerto

    «Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a sus discípulos: “Sentaos aquí mientras voy a orar”. Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: “Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo”. Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: “Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú”» (Mt 26, 36-39).

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

  2. Segundo Misterio Doloroso: La flagelación de Jesús atado a la columna

    «Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado» (Mt 27, 26).

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

  3. Tercer Misterio Doloroso: La coronación de espinas

    «Entonces los soldados del procurador llevaron consigo a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte. Lo desnudaron y le echaron encima un manto de púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre la cabeza, y en su mano derecha una caña, y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: “Salve, Rey de los judíos”». (Mt 27, 27-29)

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

  4. Cuarto Misterio Doloroso: Jesús con la Cruz a cuestas camino del Calvario

    «Y obligaron a uno que pasaba, a Simón de Cirene, que volvía del campo, el padre de Alejandro y de Rufo, a que llevara su cruz. Lo condujeron al lugar del Gólgota, que quiere decir de la “Calavera”» (Mc 15, 21-22).

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

  5. Quinto Misterio Doloroso: La crucifixión y muerte de Jesús

    «Llegados al lugar llamado “La Calavera”, le crucificaron allí a él y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”… Era ya eso de mediodía cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la media tarde. El velo del Santuario se rasgó por medio y Jesús, dando un fuerte grito dijo: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” y, dicho esto, expiró» (Lc 23, 33-46).

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

Oración final: Señor… Mirando el modo en que has entregado tu vida por amor a todos, también por mí, se despierta en mi corazón el deseo de vivir de otro modo el amor por mis hermanos. Quiero ser signo de reconciliación y de perdón, no quiero guardar rencores a las ofensas que recibo. Quiero que mis silencios y mis palabras contribuyan a la paz y a la fraternidad. Para que todos vivamos en un mundo sin guerras ni violencia en el que nos amemos como Tú nos amas. Corazón de Jesús, haz mi corazón cada día más semejante al tuyo. Amén

Nos disponemos a contemplar al Señor Resucitado. Las primeras palabras del Resucitado son “la paz esté con ustedes”. Él ha vencido a la muerte y nos invita a vivir Su Alegría. Acompañemos al Señor y compartamos con Él la alegría de la Resurrección para que sea nuestra alegría.

  1. Primer Misterio Glorioso: La resurrección del Hijo de Dios

    «El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro, y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. No sabían qué pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes. Ellas, despavoridas, miraban al suelo, y ellos les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado”» (Lc 24, 1-6).

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

  2. Segundo Misterio Glorioso: La Ascensión del Señor al cielo

    «El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios» (Mc 16, 19).

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

  3. Tercer Misterio Glorioso: La venida del Espíritu Santo

    «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse» (Hch 2, 1-4).

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

  4. Cuarto Misterio Glorioso: La Asunción de María al cielo

    «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada porque el Señor ha hecho obras grandes en mí» (Lc 1, 48-49).

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

  5. Quinto Misterio Glorioso: La coronación de María como Reina y Señora de todo lo creado

    «Una gran señal apareció en el cielo: una mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12, 1).

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

Oración final: Señor… Mirando tu victoria, me animo a creer que un mundo más humano y más pacífico es posible. Soy consciente que me invitas a colaborar contigo en su construcción. Me atrevo a aceptar el desafío porque me sostengo en Ti, y porque a pesar de lo difícil que me parece lograrlo sé que Tú ya has vencido. Haz que tu Alegría sea mi fuerza, que la Vida Nueva que nace de tu Resurrección sea el impulso renovador que este mundo necesita, para que reine la paz y la armonía entre nosotros los hombres. No permitas que no te ayude, no dejes que me aparte de esta construcción y ayúdame a que los deseos de mi corazón se unifiquen en Ti y tu misión cada día más. Amén.

Nos disponemos en el silencio del corazón a contemplar los momentos de la Vida Pública de Jesús desde su Bautismo hasta la Última Cena. A través de sus palabras y gestos conocemos su Corazón, sus sentimientos, y su modo de amar. Acompañemos al Señor, para conocerlo más y así más amarlo y seguirlo. Como nos dice el Papa Francisco, “Jesús nos enseña que el verdadero campo de batalla, en el que se enfrentan la violencia y la paz, es el corazón humano”.

  1. Primer Misterio Luminoso: El Bautismo en el Jordán La resurrección del Hijo de Dios

    «Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”». (Mt 3,16-17)

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

  2. Segundo Misterio Luminoso: Las bodas de Caná

    «Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: “No tienen vino”. Jesús le responde: “¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora”. Dice su madre a los sirvientes: “Haced lo que él os diga”». (Jn 2, 1-5).

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

  3. Tercer Misterio Luminoso: El anuncio del Reino de Dios

    “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio”. (Mc 1, 15)

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

  4. Cuarto Misterio Luminoso: La Transfiguración

    «Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (Mt 17, 1-2).

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

  5. Quinto Misterio Luminoso: La institución de la Eucaristía

    «Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “Tomad, comed, éste es mi cuerpo”» (Mt 26, 26).

    Después de una breve pausa de reflexión, un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria.

Oración final: Señor… Mirando tu modo de vivir, me reconforta saber que eres mi Dios, que en Ti confío. Mi corazón arde cuando contemplo tu modo de proceder con las personas, porque irradias amor y paz. Quiero contagiarme de tu estilo para poder llevarlo adonde Tú me lleves. No permites que mi vida sea estéril, quiero una vida fecunda que se parezca a la tuya, para que mis gestos ayuden a construir la paz de nuestra casa común. Amén

Patronos Institucionales

«La santidad es hacer siempre, con alegría, la voluntad de Dios»

Nuestra Señora de las Misericordias

Nuestra Señora de las Misericordias

Oración: Oh Reina de las Misericordias, Inmaculada Virgen María, Madre de Dios y Madre mía, heme aquí postrado a vuestros pies santísimos. Vengo lleno de confianza a implorar vuestra gran misericordia para el remedio de mis muchas y grandes necesidades de alma y cuerpo. Acordaos, benditísima Señora, del Hijo Santísimo que llevasteis por nueve meses en vuestras purísimas entrañas, recostasteis en las pajas del pesebre, alimentasteis con vuestra leche virginal y reclinasteis en vuestro regazo. Acordaos de las tiemas caricias que durante su infancia le prodigasteis y del poder que como madre tuvisteis sobre su corazón divino. Acordaos ...
Beato Padre Marianito

Beato Padre Marianito

Oración: Dios, perfecta unidad, nos encomendamos a la intercesión del beato padre Marianito, El santo y sacerdote de nuestro territorio. Su humildad es virtud que debemos emular. Su caridad es ejemplo que debemos seguir. Dios, perfecta belleza, la santidad del padre Marianito nos reta. Los mandamientos de Dios son el camino. Vivir estos mandatos es expresión de santidad. Existir en amor a Dios y al prójimo, es nuestra súplica a ti, Señor. Amén. Historia: El beato Mariano de Jesús Euse Hoyos nació en Yarumal, Colombia, en la diócesis de Antioquia, el 14 de octubre de 1845. Era el ...
San Juan Pablo II

San Juan Pablo II

Oración: Oh María, aurora del mundo nuevo, Madre de todos los vivientes, a Ti confiamos la causa de la vida: mira Madre el número inmenso de niños a quienes se impide nacer, de pobres a quienes se hace difícil vivir, de hombres y mujeres víctimas de violencia inhumana, de ancianos y enfermos muertos a causa de la indiferencia o de una presunta piedad. Haz que quienes creen en tu hijo sepan anunciar con firmeza y amor a los hombres de nuestro tiempo el Evangelio de la vida. Alcánzales la gracia de acogerlo como don siempre nuevo, la alegría ...
San José

San José

Oración: Dios, infinitamente sabio, nos acercamos a la intercesión de San José. Descubrimos en él, ejemplo de justicia, bondad y mansedumbre. Lo reconocemos como el padre custodio. Es ejemplo de esposo fiel y papá amoroso. Dios, perfecta bondad, deseamos recorrer la senda de San José, Vivir en constante apertura a la acción del Espíritu. Ser disponibles a la lectura de los signos de los tiempos. Tener un corazón que discierne con la luz de Dios. Amén. Historia: San José vivía en Nazaret y era un hombre justo y bueno, descendiente de la familia del rey David. Estaba comprometido ...

San José

Oración: Dios, infinitamente sabio, nos acercamos a la intercesión de San José. Descubrimos en él, ejemplo de justicia, bondad y mansedumbre. Lo reconocemos como el padre custodio. Es ejemplo de esposo fiel y papá amoroso. Dios, perfecta bondad, deseamos recorrer la senda de San José, Vivir en constante apertura a la acción del Espíritu. Ser disponibles a la lectura de los signos de los tiempos. Tener un corazón que discierne con la luz de Dios. Amén.

Historia: San José vivía en Nazaret y era un hombre justo y bueno, descendiente de la familia del rey David. Estaba comprometido con María, quien concibió a Jesús por obra del Espíritu Santo. José, aunque pensaba abandonarla en silencio, recibió en sueños la visita de un ángel que le dijo que no temiera y aceptara a María y al hijo que esperaba.

José y María se casaron y se establecieron en Nazaret, donde José trabajaba como carpintero. Obedeciendo un decreto del emperador Augusto, viajaron a Belén para un censo, donde nació Jesús en un pesebre, ya que no encontraron alojamiento. José estuvo presente en el nacimiento, cuidando y protegiendo a su familia.

Tras la visita de los pastores y los magos, un ángel advirtió a José sobre la amenaza del rey Herodes, por lo que huyeron a Egipto. Regresaron a Nazaret después de la muerte de Herodes, donde José enseñó a Jesús el oficio de carpintero y la ley judía.

San José es considerado un modelo de esposo y padre, protector de la Iglesia universal, de los trabajadores y de la buena muerte. Su fiesta se celebra el 19 de marzo, y la Iglesia lo invoca en busca de protección y cuidado.

San Juan Pablo II

Oración: Oh María, aurora del mundo nuevo, Madre de todos los vivientes, a Ti confiamos la causa de la vida: mira Madre el número inmenso de niños a quienes se impide nacer, de pobres a quienes se hace difícil vivir, de hombres y mujeres víctimas de violencia inhumana, de ancianos y enfermos muertos a causa de la indiferencia o de una presunta piedad. Haz que quienes creen en tu hijo sepan anunciar con firmeza y amor a los hombres de nuestro tiempo el Evangelio de la vida. Alcánzales la gracia de acogerlo como don siempre nuevo, la alegría de celebrarlo con gratitud durante toda su existencia y la valentía de testimoniarlo con solícita constancia, para construir, junto con todos los hombres de buena voluntad, la civilización de la verdad y del amor, para alabanza y gloria de Dios Creador y amante de la vida. Amén.

Historia: Karol Józef Wojtyła, conocido como Juan Pablo II desde su elección al papado en octubre de 1978, nació en Wadowice, Polonia, el 18 de mayo de 1920. Su madre falleció cuando él tenía 9 años, y su padre en 1941. Durante la ocupación nazi, trabajó en una cantera y una fábrica para evitar la deportación.

En 1942, ingresó al seminario clandestino de Cracovia y continuó sus estudios tras la Segunda Guerra Mundial, siendo ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946. Se doctoró en teología en Roma y trabajó pastoralmente en Francia, Bélgica y Holanda. Regresó a Polonia en 1948, donde ejerció como vicario y capellán universitario, además de ser profesor de teología.

Fue nombrado Obispo Auxiliar de Cracovia en 1958, Arzobispo en 1964 y Cardenal en 1967. Participó activamente en el Concilio Vaticano II. El 16 de octubre de 1978, fue elegido Papa y tomó el nombre de Juan Pablo II, comenzando su ministerio el 22 de octubre.

Juan Pablo II fue un Papa muy activo, realizando 104 viajes internacionales y 146 en Italia, visitando 317 parroquias romanas. Inició las Jornadas Mundiales de la Juventud y encuentros mundiales de familias. Promovió el diálogo interreligioso y la paz mundial.

Durante su pontificado, celebró numerosas beatificaciones y canonizaciones, reorganizó la Curia Romana y publicó el Catecismo de la Iglesia Católica. Escribió varios libros y documentos papales importantes. Falleció el 2 de abril de 2005. Su proceso de beatificación comenzó rápidamente, siendo oficialmente abierto en junio de 2005.

Beato Padre Marianito

Oración: Dios, perfecta unidad, nos encomendamos a la intercesión del beato padre Marianito, El santo y sacerdote de nuestro territorio. Su humildad es virtud que debemos emular. Su caridad es ejemplo que debemos seguir. Dios, perfecta belleza, la santidad del padre Marianito nos reta. Los mandamientos de Dios son el camino. Vivir estos mandatos es expresión de santidad. Existir en amor a Dios y al prójimo, es nuestra súplica a ti, Señor. Amén.

Historia: El beato Mariano de Jesús Euse Hoyos nació en Yarumal, Colombia, en la diócesis de Antioquia, el 14 de octubre de 1845. Era el mayor de siete hermanos. Sus padres se llamaban Pedro Euse y Rosalía de Hoyos. Fue bautizado al día siguiente, y confirmado cuando tenía tan solo dos años. El apellido Euse es de origen francés, de la Normandía. Desde allí había emigrado el bisabuelo de Mariano.

Los padres de Mariano eran muy religiosos, por eso, desconfiando de la escuela pública, que entonces se comportaba de mondo muy hostil a la Iglesia, se ocuparon personalmente de la educación de su primogénito. De ellos aprendió Mariano no sólo las buenas costumbres sino también a leer, escribir y los rudimentos de las ciencias. El empeño de los padres dio sus frutos, y muy pronto, el muchacho comenzó a enseñar a otros niños menos afortunados que él.

Por haber pasado su infancia y adolescencia en el campo y entre campesinos, Mariano de Jesús parecía un verdadero campesino. Esto le fue de grande ayuda más tarde, cuando siendo ya sacerdote, ejerza su apostolado entre la gente del campo.

Cuando, a los 16 años, manifestó su deseo de ser sacerdote, fue confiado a la solicitud de su tío Fermín Hoyos, párroco de Girardota, sacerdote de reconocidas virtudes y de ciencia. A su lado, Mariano, con grande ahínco y perseverancia, dio comienzo a su formación cultural y espiritual. Acompañó a su tío cuando éste fue trasladado a San Pedro como párroco y vicario foráneo. Mariano pasaba su vida, sencilla e íntegra, entre la oración, el estudio y el trabajo. En 1869, a los 24 años de edad, entrò en el recientemente abierto Seminario de Medellín, donde se preparó con mucho empeño al sacerdocio. El 14 de julio de 1872 recibió la ordenación sacerdotal.

Inició su ministerio en San Pedro, como coadjutor de su tío Don Fermín, quien lo había solicitado del Sr. Obispo. Esta colaboración no duró mucho, porque Don Fermín murió en enero de 1875, y Don Mariano fue trasladado, siempre como coadjutor, primero a Yarumal (1876) y luego a Angostura (1878). El párroco de Angostura era Don Rudesindo Correa, anciano y de salud muy precaria. Apenas tomó posesión de su cargo, Don Marianito, como era llamado afectuosamente, se dio cuenta de las muchas y no pequeñas dificultades que se le presentaban. Lo primero de todo, la construcción del templo parroquial, que había comenzado, pero que estaba parada por falta de fondos, por las dificultades técnicas y por las amenazas de guerra civil en la región. Después de un año de espera, con paciencia y perseverancia, superadas las dificultades, pudo concluir la construcción. Durante la guerra se vio obligado a esconderse varias veces en las montañas o en las cuevas. Nombrado párroco de Angostura, permaneció en su puesto hasta su muerte, siendo un pastor eximio y solícito para todos sus fieles.

Su fama de santidad se difundió en toda la región. Nada era capaz de frenarle en su celo: ni los obstáculos de parte de la autoridad civil, en aquel entonces muy contraria a la Iglesia, ni las dificultades de tiempos y lugares. Su apostolado constante y eficaz produjo muchos frutos, dejando entre la gente un profundo efecto y un vivo recuerdo.

Supo insertarse totalmente en la vida del pueblo, participando en las penas y alegrías de todos. Para todos fue padre diligente, maestro y consejero de confianza y testigo fiel del amor de Cristo entre ellos. Los pobres, que él llamaba “los nobles de Cristo”, eran sus preferidos. No tenía ningún reparo en emplear sus propios bienes para aliviar las penurias y la indigencia de los más débiles. Visitaba con frecuencia a los enfermos, y para asistirles estaba dispuesto a cualquier hora del día o de la noche. Con infinita mansedumbre y sencillez se ocupaba de los niños y de los jóvenes para guiarlos por el camino de las buenas costumbres y de la prudencia.

Tenía un grande amor por los campesinos, recordando que él mismo había sido uno de ellos hasta los 16 años. Estaba muy atento a sus necesidades espirituales y sociales, e incluso a las económicas.

Conociendo como conocía a su gente, sabía hablarles al corazón. Su predicación era muy sencilla, pero al mismo tiempo muy eficaz. Difundía la buena prensa y enseñaba la doctrina cristiana a todos, pobres y ricos, niños y adultos, hombres y mujeres. En su parroquia promovió mucho la práctica religiosa: la asistencia a la misa dominical y festiva, el rezo del rosario en familia, la devoción al Corazón de Jesús, las asociaciones católicas, la oración por las vocaciones santas…

Hizo además algunas obras materiales: la conclusión de la iglesia parroquial, su propia casa de habitación, el campanario, la ermitas de la Virgen del Carmen y de San Francisco y el cementerio. Estas obras contribuyeron mucho a despertar y sostener la vida cristiana de los fieles.

Su vida era muy pobre, austera y mortificada. Era muy constante en su vida de oración en la que se hallaba la raíz de su apostolado y de su vida sacerdotal. Era muy devoto de la Eucaristía, de la Santísima Virgen, de los Ángeles y de los Santos. Amaba sobre todo a Dios, por cuya gloria trabajó siempre. De aquí nacía su afán por salvar las almas de sus parroquianos y el mundo entero.

Durante muchos años gozó de buena salud. Eso le permitía practicar la mortificación con penitencias y ayunos. Pero al fin le sobrevino una grave infección de la vejiga y una fuerte inflamación de la próstata. A mitad de junio de 1926 se vio obligado a guardar cama. El 12 de julio tuvo un ataque de enteritis. Era tan grande su pobreza que no tenía ni la ropa necesaria para cambiarse. Los que le cuidaban tuvieron que acudir a la caridad de la gente para poder asistir al enfermo como convenía. Él dijo entonces: “Ya he vivido bastante. Ahora mi deseo más grande es unirme a mi Jesús”.

Murió el 13 de julio de 1926, justo 46 años después de su ordenación sacerdotal. Fue sepultado en la capilla de la Virgen del Carmen, que él mismo había hecho construir. Su muerte fue muy sentida por el pueblo, que participó en pleno en los funerales junto con varios sacerdotes y las autoridades.

Ya en vida gozaba de fama de santidad. Ahora, con el reconocimiento de sus virtudes en grado heroico y la aprobación del milagro, la Iglesia corrobora lo que el pueblo fiel había sentido y propagado.

Nuestra Señora de las Misericordias

Oración: Oh Reina de las Misericordias, Inmaculada Virgen María, Madre de Dios y Madre mía, heme aquí postrado a vuestros pies santísimos. Vengo lleno de confianza a implorar vuestra gran misericordia para el remedio de mis muchas y grandes necesidades de alma y cuerpo. Acordaos, benditísima Señora, del Hijo Santísimo que llevasteis por nueve meses en vuestras purísimas entrañas, recostasteis en las pajas del pesebre, alimentasteis con vuestra leche virginal y reclinasteis en vuestro regazo. Acordaos de las tiemas caricias que durante su infancia le prodigasteis y del poder que como madre tuvisteis sobre su corazón divino. Acordaos de vuestros dolores y angustias durante su santísima pasión y de vuestros sufrimientos infinitos al pie de la cruz. Acordaos de que nos fuisteis dada por Madre por vuestro Hijo moribundo; Acordaos de vuestros dolores indecibles, cuando le tuvisteis ya muerto en vuestros brazos maternales. Acordaos de las lágrimas que vertisteis al dejarlo bajo la losa del sepulcro y regresar sola sin vuestro Jesús, envuelta en la nube triste de vuestra amarga soledad. Acordaos de vuestra infinita alegría al verle el día de la resurrección, triunfante y glorioso y de la felicidad de que disfrutáis ahora en el cielo como Reina sentada a su derecha. Acordaos, en fín, Señora, de que sois Madre y Madre de misericordia, escuchad benigna mis súplicas y concededme, os lo suplico, la gracia que vengo a implorar rendido a vuestras plantas benditas, oh Señora, oh Reina, oh Madre de las Misericordias. Amén.

Historia: En julio de 1919, con ocasión de la Solemne Coronación canónica de la Imagen de nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, como patrona y Reina de Colombia, se celebró un congreso Mariano Nacional, que tuvo repercusión en toda Colombia. Para ese tiempo era obispo de Santa Rosa de Osos el Ilustrísimo Señor Maximiliano Crespo Rivera quien, viendo la necesidad de que quedara en la capital episcopal de su diócesis un recuerdo de mencionado acontecimiento, solicitó la creación de la imagen al escultor donmatieño Álvaro Carvajal. La imagen resultó artística, hermosa y original, pues sus lineamientos son no comunes a las demás imágenes de nuestra Señora. La imagen fue inaugurada en la Plazoleta de San Ignacio en julio del mencionado año.

La Imagen de la Virgen de las Misericordias ubicada frente al antiguo Seminario. Desde aquella fecha la sagrada imagen se convirtió en lugar de constante oración y sitio de peregrinación de pequeños y grandes grupos de fieles que desde muchos lugares venían a rendir honor y admiración a la imagen de la “Virgen Blanca” como se le denominó por el entonces. Según se mantiene por tradición, una mujer, distinguidísima de la ciudadanía santarrosana, sufría de una enfermedad que la aquejaba Madre de las Misericordias desde hacía un tiempo; asistía piadosa a las oraciones y devociones que se le tributaban a la imagen y al fin recuperó la salud, en el mismo lugar en el que oraba frente a la “Virgen Blanca” o “Virgen del Seminario” por estar la estatua ubicada delante de la casa que para el entonces hacía de centro de formación para los futuros sacerdotes de la Diócesis. Este favor se conoció por todos los poblados de la Diócesis, lo que acarreó las romerías y peregrinaciones en gran número hacia Santa Rosa de Osos, de modo que no se veía sola la imagen ni un solo instante.

El sacerdote eudista José Tressel, quien viendo la intensidad de la plegaria que frente a la imagen de la “Virgen del Seminario” se propagaba, empezó a difundir, con oraciones y otras manifestaciones de devoción el culto a la imagen, que para finalizar la segunda década del siglo XIX, era ya conocida en casi todos los pueblos de Antioquia y especialmente los de la recién creada Diócesis de Santa Rosa de Osos. Si bien Monseñor Maximiliano Crespo Rivera logró ver la piedad que a la imagen se le tenía, no fue él quien daría el impulso definitivo a este culto espontáneo debido a su pronto traslado a la sede de Popayán en 1924. Fue el obispo Miguel Ángel Builes el más reconocido devoto de la Virgen de las Misericordias y su principal promotor; se unió a las romerías, convocó procesiones y celebraciones frente a la imagen hasta que por fin, movido por la piedad que se había desarrollado tan fuertemente a la imagen, decidió oficializar la devoción con la declaración del culto público el 8 de septiembre de 1931 a la Virgen Inmaculada que por el entonces era el afecto de los campesinos que subían a las ventas, mercados y otros en Santa Rosa de Osos. Para la ocasión pronunció solemnemente:

“… en este día de bendición, cuando celebramos la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen y cantamos su glorias, 8 de septiembre de 1931, declaramos inaugurado oficialmente el culto de esta Sagrada Imagen de Nuestra Madre Celestial en este lugar bendito; y que Ella derrame sus bendiciones sobre todos aquellos que la invoquen y envuelva entre los pliegues de su manto a este su esclavo que tanto la quiere, a su Clero y a su Seminario, a sus religiosos y religiosas, y a todos los fieles de la ciudad y de la Diócesis”. (Monseñor Builes)

En esa misma celebración el señaló la fecha del 8 de septiembre como la escogida para las solemnes fiestas principales, estas debían celebrarse precedidas de novena y, en lo posible, con la asistencia del mayor número de fieles de la Diócesis. La imagen, a pesar de tener ya culto público, no era invocada bajo una misma denominación especial, por lo que se hizo necesario asignarle un título para ser así invocada por sus fieles. Sugirieron la idea de un concurso para darle nombre a la sagrada imagen los sacerdotes José Manuel Castrillón y Roberto Giraldo y esta resultó ser bien acogida; la participación fue masiva y el resultado fue una admirable mayoría que pedía llamarla Nuestra Señora de las Misericordias.

El nombre de Madre de las Misericordias realmente digno y bello quedó para la memoria de todo el pueblo fiel que peregrina. “Si ha habido jamás un título o denominación con el que el pueblo Cristiano haya invocado a María con mayor propiedad, como Madre Amabilísima de Cristo y Madre Protectora de Todos los fieles, tal es sin duda el que se manifiesta en la significativa advocación de “Madre de las Misericordias”. En efecto el sagrado pueblo de Cristo, aunque fue redimido por el adorable Hijo de Dios y es fortalecido por su gracia, en este viaje terreno hacia la Patria Inmortal y Feliz, se ve cercado de tan múltiples peligros, presionado por tan turbulentas desgracias y asechado por tal abismo de males que no puede fácilmente carecer de una madre llena de Misericordia” (Pablo VI). El 22 de febrero de 1985, la santa sede aprobó el rango litúrgico de solemnidad para la fiesta de la Virgen de las Misericordias.

Red Diocesana Agosto 23 de 2014 Nº 093

Oraciones y reflexiones


“La oración es como el aliento de la vida cristiana… es el secreto de un cristianismo verdaderamente vital”
(Juan Pablo II)

Padre Dios, nos alegra comunicarnos Contigo en este momento. Somos la comunidad de la Fundación Universitaria Católica del Norte, que te amamos y necesitamos de Ti. Te experimentamos en nuestra vida porque nos has entregado a tu Hijo, Jesucristo, y nos has comunicado el Espíritu Santo. Nos hemos encontrado Contigo.

Querido Padre, tenemos conciencia de que no tienes principio. Que eres siempre Eterno. Que has creado este mundo armonioso y bello. Que has creado a cada ser humano que habita en el universo.

Amado Padre, qué gozo tan grande sentimos al hablar Contigo. Te confiamos todos nuestros sueños, proyectos y tareas. Qué felicidad experimentamos al saber que nos amas. Pero más dichosos somos al conocer que tienes un plan de salvación para nosotros.

Misericordioso Padre, perdona nuestros pecados y errores. Líbranos de caer en el pecado. Que seamos capaces de hacer tu voluntad. Que anunciemos tu misericordia y tu amor, E imploramos la intercesión de María Santísima, su esposo San José y el Beato Padre Marianito.

Amén.

Para recitar la Coronilla de la Divina Misericordia se usa un rosario normal y se sigue esta secuencia:

1. La señal de la Cruz: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

2. Padre Nuestro

3. Ave María

4. Credo (Símbolo de los Apóstoles)

5. En cada grano mayor del Rosario, cuando normalmente se dice el Padre Nuestro, diga:

 

Padre Eterno,

Te ofrezco

el Cuerpo, la Sangre,

el Alma y la Divinidad

de Tu amadísimo Hijo,

Nuestro Señor Jesucristo,

como propiciación

de nuestros pecados

y los del mundo entero.

 

6. En cada grano menor del Rosario, cuando normalmente se dice el Ave María, diga:

 

Por Su dolorosa Pasión,

ten misericordia de nosotros

y del mundo entero.

 

7. Invocación: Al final de la corona, la siguiente oración se reza tres veces seguidas:

 

Santo Dios,

Santo Fuerte,

Santo Inmortal,

ten misericordia de nosotros

y del mundo entero.

 

8. Oración para concluir (opcional)

 

Oh Dios Eterno, en quien la misericordia es infinita y el tesoro de compasión inagotable, vuelve a nosotros Tu mirada bondadosa y aumenta Tu misericordia en nosotros, para que en momentos difíciles no nos desesperemos ni nos desalentemos, sino que, con gran confianza, nos sometamos a Tu santa voluntad, que es el Amor y la Misericordia mismos. Amén.

Dios mío, te amo sobre todas las cosas

y al prójimo por ti,

porque Tú eres el infinito,

sumo y perfecto Bien,

digno de todo amor.

Quiero vivir y morir en este amor. Amén

Oh María, Madre de Dios y Madre nuestra, nosotros, en esta hora de tribulación, recurrimos a ti. Tú eres nuestra Madre, nos amas y nos conoces, nada de lo que nos preocupa se te oculta. Madre de misericordia, muchas veces hemos experimentado tu ternura providente, tu presencia que nos devuelve la paz, porque tú siempre nos llevas a Jesús, Príncipe de la paz.

Nosotros hemos perdido la senda de la paz. Hemos olvidado la lección de las tragedias del siglo pasado, el sacrificio de millones de caídos en las guerras mundiales. Hemos desatendido los compromisos asumidos como Comunidad de Naciones y estamos traicionando los sueños de paz de los pueblos y las esperanzas de los jóvenes. Nos hemos enfermado de avidez, nos hemos encerrado en intereses nacionalistas, nos hemos dejado endurecer por la indiferencia y paralizar por el egoísmo. Hemos preferido ignorar a Dios, convivir con nuestras falsedades, alimentar la agresividad, suprimir vidas y acumular armas, olvidándonos de que somos custodios de nuestro prójimo y de nuestra casa común. Hemos destrozado con la guerra el jardín de la tierra, hemos herido con el pecado el corazón de nuestro Padre, que nos quiere hermanos y hermanas. Nos hemos vuelto indiferentes a todos y a todo, menos a nosotros mismos. Y con vergüenza decimos: perdónanos, Señor.

En la miseria del pecado, en nuestros cansancios y fragilidades, en el misterio de la iniquidad del mal y de la guerra, tú, Madre Santa, nos recuerdas que Dios no nos abandona, sino que continúa mirándonos con amor, deseoso de perdonarnos y levantarnos de nuevo. Es Él quien te ha entregado a nosotros y ha puesto en tu Corazón inmaculado un refugio para la Iglesia y para la humanidad. Por su bondad divina estás con nosotros, e incluso en las vicisitudes más adversas de la historia nos conduces con ternura.

Por eso recurrimos a ti, llamamos a la puerta de tu Corazón, nosotros, tus hijos queridos que no te cansas jamás de visitar e invitar a la conversión. En esta hora oscura, ven a socorrernos y consolarnos. Repite a cada uno de nosotros: “¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?”. Tú sabes cómo desatar los enredos de nuestro corazón y los nudos de nuestro tiempo. Ponemos nuestra confianza en ti. Estamos seguros de que tú, sobre todo en estos momentos de prueba, no desprecias nuestras súplicas y acudes en nuestro auxilio.

Así lo hiciste en Caná de Galilea, cuando apresuraste la hora de la intervención de Jesús e introdujiste su primer signo en el mundo. Cuando la fiesta se había convertido en tristeza le dijiste: «No tienen vino» (Jn 2,3). Repíteselo otra vez a Dios, oh Madre, porque hoy hemos terminado el vino de la esperanza, se ha desvanecido la alegría, se ha aguado la fraternidad. Hemos perdido la humanidad, hemos estropeado la paz. Nos hemos vuelto capaces de todo tipo de violencia y destrucción. Necesitamos urgentemente tu ayuda materna.

Acoge, oh Madre, nuestra súplica.

Tú, estrella del mar, no nos dejes naufragar en la tormenta de la guerra.

Tú, arca de la nueva alianza, inspira proyectos y caminos de reconciliación.

Tú, “tierra del Cielo”, vuelve a traer la armonía de Dios al mundo.

Extingue el odio, aplaca la venganza, enséñanos a perdonar.

Líbranos de la guerra, preserva al mundo de la amenaza nuclear.

Reina del Rosario, despierta en nosotros la necesidad de orar y de amar.

Reina de la familia humana, muestra a los pueblos la senda de la fraternidad.

Reina de la paz, obtén para el mundo la paz.

Que tu llanto, oh Madre, conmueva nuestros corazones endurecidos. Que las lágrimas que has derramado por nosotros hagan florecer este valle que nuestro odio ha secado. Y mientras el ruido de las armas no enmudece, que tu oración nos disponga a la paz. Que tus manos maternas acaricien a los que sufren y huyen bajo el peso de las bombas. Que tu abrazo materno consuele a los que se ven obligados a dejar sus hogares y su país. Que tu Corazón afligido nos mueva a la compasión, nos impulse a abrir puertas y a hacernos cargo de la humanidad herida y descartada.

Santa Madre de Dios, mientras estabas al pie de la cruz, Jesús, viendo al discípulo junto a ti, te dijo: «Ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26), y así nos encomendó a ti. Después dijo al discípulo, a cada uno de nosotros: «Ahí tienes a tu madre» (v. 27). Madre, queremos acogerte ahora en nuestra vida y en nuestra historia. En esta hora la humanidad, agotada y abrumada, está contigo al pie de la cruz. Y necesita encomendarse a ti, consagrarse a Cristo a través de ti. El pueblo ucraniano y el pueblo ruso, que te veneran con amor, recurren a ti, mientras tu Corazón palpita por ellos y por todos los pueblos diezmados a causa de la guerra, el hambre, las injusticias y la miseria.

Por eso, Madre de Dios y nuestra, nosotros solemnemente encomendamos y consagramos a tu Corazón inmaculado nuestras personas, la Iglesia y la humanidad entera, de manera especial Rusia y Ucrania. Acoge este acto nuestro que realizamos con confianza y amor, haz que cese la guerra, provee al mundo de paz. El “sí” que brotó de tu Corazón abrió las puertas de la historia al Príncipe de la paz; confiamos que, por medio de tu Corazón, la paz llegará. A ti, pues, te consagramos el futuro de toda la familia humana, las necesidades y las aspiraciones de los pueblos, las angustias y las esperanzas del mundo.

Que a través de ti la divina Misericordia se derrame sobre la tierra, y el dulce latido de la paz vuelva a marcar nuestras jornadas. Mujer del sí, sobre la que descendió el Espíritu Santo, vuelve a traernos la armonía de Dios. Tú que eres “fuente viva de esperanza”, disipa la sequedad de nuestros corazones. Tú que has tejido la humanidad de Jesús, haz de nosotros constructores de comunión. Tú que has recorrido nuestros caminos, guíanos por sendas de paz. Amén.

Dios mío,

me arrepiento de todo corazón

de todos mis pecados

y los aborrezco,

porque al pecar, no sólo merezco

las penas establecidas por ti

justamente,

sino principalmente porque te ofendí,

a ti sumo Bien y digno de amor

por encima de todas las cosas.

Por eso propongo firmemente,

con ayuda de tu gracia,

no pecar más en adelante

y huir de toda ocasión de pecado.

Amén

Alma de Cristo, santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

¡Oh, buen Jesús!, óyeme.

Dentro de tus llagas, escóndeme.

No permitas que me aparte de Ti.

Del maligno enemigo, defiéndeme

En la hora de mi muerte, llámame.

Y mándame ir a Ti.

Para que con tus santos te alabe.

Por los siglos de los siglos. Amén

Ángel de Dios,

que eres mi custodio,

pues la bondad divina

me ha encomendado a ti,

ilumíname, guárdame, defiéndeme

y gobiérname.

Amén

El ángel del Señor anunció a María.

Y concibió.

por obra y gracia del Espíritu Santo.

Dios te salve, María…

He aquí la esclava del Señor.

Hágase en mí según tu palabra.

Dios te salve, María…

Y el Verbo de Dios se hizo carne.

Y habitó entre nosotros.

Dios te salve, María…

Ruega por nosotros,

Santa Madre de Dios,

para que seamos dignos de alcanzar

las promesas de Jesucristo.

Oremos

Oh Padre, Infunde en nuestra alma tu gracia. Tú, que en la anunciación del Ángel nos has revelado la encarnación de tu Hijo, por su pasión y su cruz condúcenos a la gloria de la resurrección. Por Cristo, Nuestro Señor. Amén

Dios te salve, María,

llena eres de gracia;

el Señor es contigo.

Bendita Tú eres

entre todas las mujeres,

y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios,

ruega por nosotros, pecadores,

ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén

Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios;

no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades,

antes bien, líbranos de todo peligro,

¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado

y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza

de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho

desde antiguo

por boca de sus santos Profetas.

 

Es la salvación que nos libra

de nuestros enemigos

y de la mano de todos

los que nos odian;

realizando la misericordia

que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró

a nuestro padre Abrahán.

 

Para concedernos que,

libres de temor,

arrancados de la mano

de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

&nbps;

Y a ti, niño,

te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

 

Por la entrañable misericordia

de nuestro Dios,

nos visitará el sol

que nace de lo alto,

para iluminar

a los que viven en tinieblas

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

 

Gloria al Padre, y al Hijo,

y al Espíritu Santo.

Como era en el principio,

ahora y siempre,

por los siglos de los siglos.

Amén.

Creo, Jesús mío,

que estáis realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar.

Os amo sobre todas las cosas

y deseo recibiros en mi alma.

Pero como ahora no puedo recibiros sacramentado,

venid a lo menos espiritualmente a mi corazón.

Y como si ya os hubiese recibido,

os abrazo y me uno del todo a Ti.

Señor, no permitas que jamás

Me aparte de Ti. Amén.

(San Alfonso María de Ligorio)

 

A vuestros pies, ¡oh mi Jesús!,

me postro y os ofrezco

el arrepentimiento de mi corazón contrito,

que se hunde en la nada ante vuestra santísima presencia.

Yo os adoro en el Sacramento de vuestro amor,

la inefable Eucaristía,

y deseo recibiros en la pobre morada

que os ofrece el alma mía.

Esperando la felicidad de la comunión sacramental,

yo quiero poseeros en espíritu.

Venid a mí, puesto que yo voy a Vos,

¡oh Jesús mío!,

y que vuestro amor inflame todo mi ser

en la vida y en la muerte.

Creo en Vos y espero en Vos.

Así sea.

(Cardenal Rafael Merry del Val)

Acordaos,

oh piadosísima Virgen María,

que jamás se ha oído decir

que ninguno de los que han acudido

a tu protección,

implorando tu asistencia

y reclamando tu socorro,

haya sido abandonado de ti.

Animado con esta confianza,

a ti también acudo, oh Madre,

Virgen de las vírgenes,

y aunque gimiendo

bajo el peso de mis pecados,

me atrevo a comparecer

ante tu presencia soberana.

No deseches mis humildes súplicas,

oh Madre del Verbo divino,

antes bien, escúchalas

y acógelas benignamente. Amén

Dale Señor el descanso eterno.

Brille para él la luz perpetua.

Descanse en paz.

Amén

Gloria al Padre

y al Hijo

y al Espíritu Santo.

Como era en el principio,

ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.

Proclama mi alma

la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios,

mi salvador;

porque ha mirado la humillación

de su esclava.

 

Desde ahora me felicitarán

todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho

obras grandes por mí:

su nombre es santo,

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

 

Él hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de la misericordia

–como lo había prometido a nuestros padres–

en favor de Abrahán

y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo,

y al Espíritu Santo.

Como era en el principio,

ahora y siempre,

por los siglos de los siglos.

Amén.

Jesús, María y José

en vosotros contemplamos

el esplendor del verdadero amor,

a vosotros, confiados, nos dirigimos.

Santa Familia de Nazaret,

haz también de nuestras familias

lugar de comunión y cenáculo de oración, auténticas escuelas del Evangelio

y pequeñas iglesias domésticas.

Santa Familia de Nazaret,

que nunca más haya en las familias episodios de violencia, de cerrazón y división;

que quien haya sido herido o escandalizado sea pronto consolado y curado.

Santa Familia de Nazaret,

haz tomar conciencia a todos

del carácter sagrado e inviolable de la familia, de su belleza en el proyecto de Dios.

Jesús, María y José,

escuchad, acoged nuestra súplica.

Amén.

 

(Papa Francisco, Amoris Laetitia, 325)

Salve, custodio del Redentor

y esposo de la Virgen María.

A ti Dios confió a su Hijo,

en ti María depositó su confianza,

contigo Cristo se forjó como hombre.

Oh, bienaventurado José,

muéstrate padre también a nosotros

y guíanos en el camino de la vida.

Concédenos gracia, misericordia y valentía,

y defiéndenos de todo mal. Amén.

 

(Papa Francisco, Patris Corde)

Padre nuestro que estás en el cielo,

santificado sea tu Nombre;

venga a nosotros tu Reino;

hágase tu voluntad

en la tierra como en el cielo.

Danos hoy

nuestro pan de cada día;

perdona nuestras ofensas,

como también nosotros perdonamos

a los que nos ofenden;

no nos dejes caer en la tentación,

y líbranos del mal. Amén.

Reina del cielo alégrate; aleluya.

Porque el Señor a quien has merecido llevar;

aleluya.

Ha resucitado según su palabra;

aleluya.

Ruega al Señor por nosotros;

aleluya.

Gózate y alégrate, Virgen María;

aleluya.

Porque verdaderamente ha resucitado el Señor;

aleluya.

 

Oremos

Oh Dios, que en la gloriosa resurrección de tu Hijo has devuelto la alegría al mundo entero, por intercesión de la Virgen María, concédenos disfrutar de la alegría de la vida eterna. Por Cristo, Nuestro Señor.

Amén.

Dios te salve, Reina

y Madre de misericordia,

vida, dulzura y esperanza nuestra;

Dios te salve.

A ti llamamos

los desterrados hijos de Eva;

a ti suspiramos, gimiendo y llorando

en este valle de lágrimas.

Ea, pues, Señora, abogada nuestra,

vuelve a nosotros esos tus ojos

misericordiosos;

y después de este destierro,

muéstranos a Jesús,

fruto bendito de tu vientre.

 

¡Oh, clementísima, oh piadosa,

oh dulce Virgen María!

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha.

Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.

Que Dios manifieste sobre él su poder, es nuestra humilde súplica.

Y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, con el poder que Dios te ha conferido,

arroja al infierno a Satanás, y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo

para la perdición de las almas. Amén.

Creo en Dios, Padre Todopoderoso,

Creador del cielo y de la tierra.

Creo en Jesucristo, su único Hijo,

Nuestro Señor,

Que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato,

fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir

a juzgar a vivos y muertos.

 

Creo en el Espíritu Santo,

la santa Iglesia católica,

la comunión de los santos,

el perdón de los pecados,

la resurrección de la carne

y la vida eterna.

Amén

A ti, oh Dios, te alabamos,

a ti, Señor, te reconocemos.

A ti, eterno Padre,

te venera toda la creación.

Los ángeles todos,

los cielos y todas las potestades te honran.

Los querubines y serafines

te cantan sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,

Dios del universo.

Los cielos y la tierra

están llenos de la majestad de tu gloria.

A ti te ensalza

el glorioso coro de los Apóstoles,

la multitud admirable de los Profetas,

el blanco ejército de los mártires.

A ti la Iglesia santa,

extendida por toda la tierra, te proclama:

Padre de inmensa majestad,

Hijo único y verdadero, digno de adoración,

Espíritu Santo, Defensor.

Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.

Tú eres el Hijo único del Padre.

Tú, para liberar al hombre,

aceptaste la condición humana

sin desdeñar el seno de la Virgen.

Tú, rotas las cadenas de la muerte,

abriste a los creyentes el reino del cielo.

Tú te sientas a la derecha de Dios

en la gloria del Padre.

Creemos que un día

has de venir como juez.

Te rogamos, pues,

que vengas en ayuda de tus siervos,

a quienes redimiste con tu preciosa sangre.

Haz que en la gloria eterna

nos asociemos a tus santos.

Salva a tu pueblo, Señor,

y bendice tu heredad.

Sé su pastor

y ensálzalo eternamente.

Día tras día te bendecimos

y alabamos tu nombre para siempre,

por eternidad de eternidades.

Dígnate, Señor, en este día

guardarnos del pecado.

Ten piedad de nosotros, Señor,

ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor,

venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti.

En ti, Señor, confié,

no me veré defraudado para siempre.

Ven, Espíritu divino,

manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre;

don, en tus dones espléndido;

luz que penetra las almas;

fuente del mayor consuelo.

 

Ven, dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las lágrimas

y reconforta en los duelos.

 

Entra hasta el fondo del alma,

divina luz, y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre,

si tú le faltas por dentro;

mira el poder del pecado,

cuando no envías tu aliento.

 

Riega la tierra en sequía,

sana el corazón enfermo,

lava las manchas,

infunde calor de vida en el hielo,

doma el espíritu indómito,

guía al que tuerce el sendero.

 

Reparte tus siete dones,

según la fe de tus siervos;

por tu bondad y tu gracia,

dale al esfuerzo su mérito;

salva al que busca salvarse

y danos tu gozo eterno. Amén.

Ven, Espíritu Creador,

visita las almas de tus fieles

llena con tu divina gracia,

los corazones que creaste.

 

Tú, a quien llamamos Paráclito,

don de Dios Altísimo,

fuente viva, fuego,

caridad y espiritual unción.

 

Tú derramas sobre nosotros los siete dones;

Tú, dedo de la diestra del Padre;

Tú, fiel promesa del Padre;

que inspiras nuestras palabras.

 

Ilumina nuestros sentidos;

infunde tu amor en nuestros corazones;

y, con tu perpetuo auxilio,

fortalece la debilidad de nuestro cuerpo.

 

Aleja de nosotros al enemigo,

danos pronto la paz,

sé nuestro director y nuestro guía,

para que evitemos todo mal.

 

Por ti conozcamos al Padre,

al Hijo revélanos también;

Creamos en ti, su Espíritu,

por los siglos de los siglos

 

Gloria a Dios Padre,

y al Hijo que resucitó,

y al Espíritu Consolador,

por los siglos de los siglos. Amén.

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